Desde anteayer por la noche, en que volví de vacaciones, me encargo de regar 12 arces campestres de la calle perpendicular a la mía.
Muchos están ya muy enfermos, con los troncos rajados. Van quedando pocos, la mayoría han sido talados en años anteriores. Les podan drásticamente, dejando sus troncos al sol, y se les reseca la corteza, que se cae a cuadraditos, se quema la zona de crecimiento de la corteza, el floema (por donde baja la savia elaborada), el cambium (por donde crecen en anchura) y el xilema (por donde sube la savia bruta), y se rajan totalmente al no tener protección de la corteza.
Hago cada vez, como poco, 6 viajes cargando a mano dos garrafas de 5 kilos de agua (5 litros) en cada uno. El primer día repetí viajes, echando 10 litros en cada uno, porque la tierra estaba tan seca que el agua no iba a llegar a las raíces. Pero necesitan que la tierra siga empapada para que baje hasta zonas profundas y le llegue a las raíces.
Les echo agua resbalando por sus troncos ya resquebrajados por el sol, para hidratarlos, y me salpica, al caer, a las piernas y pies, la tierra donde han meado y cagado, miles de veces, cientos de perros de Cabanillas del Campo. Huele a pis y caca. Pero, lo hago por ellos. Al terminar, me tengo que lavar las piernas y pies.
Porque en mi calle ya han cortado 10 arces en los últimos años, secos o con fendas en los troncos. Ya no tengo árboles que regar en mi calle.
Preferiría tener apoyo y que los vecinos que viven junto a esos árboles fueran los que se hubieran preocupado de regarlos. Todos quieren aparcar a su sombra, pero, regarlos, nadie. A nadie se le ocurre.
Y aún quedan muchos más arces necesitados en esa calle, que me pillan ya demasiado lejos, y que nadie riega. Sólo los talan
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